La Ocupación Francesa

La dominación francesa de las Islas Maltesas fue corta y turbulenta. Su llegada en 1798 tenía otro cariz ya que Napoleón y sus tropas inicialmente fueron bienvenidos por los malteses. Sin embargo, esto fue provocado más por una creciente aversión del Gobierno, la Orden de San Juan, que por cualquier afecto real por los ideales revolucionarios de Francia.

La invasión de Malta por Napoleón Bonaparte formaba parte de un intento estratégico de conquistar Egipto y luego apoderarse de la India y de las colonias que poseía el Imperio Británico en el Lejano Oriente. Napoleón, ansioso de controlar las enormes fortificaciones y los puertos de Malta, consiguió que algunos Caballeros y algunos malteses se pusieran de su lado.

Pasaron la información y se prepararon para ayudar a fomentar un movimiento popular contra la Orden de San Juan y su aristocrático estilo de gobierno.

La falta de materiales, la traición de los capitanes y la confusión general, motivaron la rendición de la Orden en unos pocos días. Las Islas Maltesas se convirtieron en otra joya de la corona de Napoleón.

Las reformas radicales introducidas por los nuevos gobernantes fueron excesivas según opinaban los habitantes locales, los cuales estaban aún ampliamente dominados por dos instituciones - la aristocracia y la Iglesia - y eran leales a ambas. Los nobles y generalmente los habitantes por igual empezaron a considerar las leyes Napoleónicas como un ataque a su querida Iglesia y una amenaza a su forma de vida tradicional.

A los tres meses de la subida al poder de los franceses, los malteses se sublevaron y obligaron a que los ocupantes se retirasen detrás de las fortificaciones de La Valetta y de las Tres Ciudades y estos últimos permanecieron allí hasta septiembre de 1800 cuando se rindieron ante las fuerzas británicas que habían sido llamadas para que ayudasen a los malteses a recuperar su libertad. La flota británica entró en el Gran Puerto, marcando el inicio de un siglo y medio de gobierno británico.